14 de septiembre de 2009
La revolución silenciosa
Son quienes nadan contracorriente, aquellos que han elegido activamente y no sin esfuerzo ser optimistas cotidianos, que no pierden el sentido de la realidad y, justamente por ello, la transforman a diario, desafiando el pesimismo reinante.
El mundo ha caído en una aparente espiral sin retorno: a la debacle financiera, la recesión, el aumento del desempleo, la caída de las grandes empresas y el temblor de los poderosos imperios se suman la creciente y eterna intolerancia entre los pueblos, continuos desastres naturales y temibles enfermedades como la gripe porcina, vedette de turno en la marquesina del teatro de la paranoia. Tal es el cuadro de situación, que algunos mesiánicos no dudan en afirmar que estamos en presencia de la versión postmoderna de las siete plagas de Egipto. En medio de esta visión apocalíptica, surge más que nunca la infaltable tríada de manipuladores, oportunistas y especuladores, queriendo sacar rédito y aprovecharse, allí donde queda algún resquicio de cordura humana. Y en esa materia pareciera que los argentinos somos catedráticos. A lo largo de la historia, la humanidad ha vivido momentos críticos como los que nos tocan hoy y de ellos se ha salido muchas veces a través de revueltas populares, alzamientos, pequeñas y grandes revoluciones. Mucho se afirma que “la historia siempre se repite” y por ello creo que es hora de preguntarse qué tipo de revolución puede dar solución a este conflicto global propio del siglo XXI. Y aprendiendo de los errores de la historia, ¿habrá algún tipo de revolución que no se empeñe en imponerse a través de la fuerza y la sangre? Por fortuna, pareciera haber una respuesta. Tan antigua como el viento, increíblemente eficaz y al alcance de la mano, si bien para nada sencilla y simplista. Quisiera refugiarme en aquellos que han elegido activamente y no sin esfuerzo ser optimistas cotidianos, verdaderos superhéroes contemporáneos. Que no son ficticios, que no pierden el sentido de la realidad y, justamente por ello, la transforman a diario, desafiando el pesimismo reinante. Personas como cualquiera de nosotros, con los pies en la tierra, de diversas ideologías, con los mismos problemas que todos conocemos, sólo que con la mirada puesta también en el otro. Que no se dejan amedrentar por tanta nefasta profecía y continúan levantándose cada mañana dispuestos a mirar a los ojos a cada persona que se crucen por el camino. Un singular grupo “triple I”: Ingenuos, Ilusos e Inmaduros que todavía confían en el hombre, que son capaces de regalar sonrisas sinceras, encarar cada día con ánimo esperanzador y entablar relaciones de persona a persona. Una posición valiente y desinteresada que consiste ni más ni menos que en dar en cada momento lo mejor posible de uno mismo, intentando concentrarse en la tarea propia del tiempo presente. Es así que sigilosamente se los puede encontrar, confundidos entre nosotros, generando relaciones nuevas en los equipos de trabajo, disfrutando de compartir una mesa en familia, celebrando el encuentro con compañeros de estudio, visitando y regalando de su tiempo a quienes más necesitan de la ayuda de los demás. Estoy convencido de que las crisis globalizadas de las que tanto se habla nacen de crisis personales. Es el hombre quien no se halla a sí mismo y no logra si quiera formularse las preguntas básicas de la existencia: ¿quién soy?, ¿qué quiero? Las llamaría crisis cardiológicas, verdaderas crisis del corazón que se originan dentro de cada uno de nosotros. Pero también están estos hombres y mujeres nobles que, estetoscopio en mano, continúan buscando corazones que quieran seguir latiendo. Por supuesto, no suelen aparecer en los medios de comunicación, su perfil bajo los hace inmiscuirse sutilmente en nuestras vidas, aportando su luz en nuestros espacios de oscuridad. Una pista más para dar con su paradero: casual y llamativamente, un gran número de estas personas son jóvenes. Como si desafiaran a los adultos, recordándoles no desviar el foco de lo esencial. Si uno se fija detenidamente, podrá detectarlos muy cerca nuestro, con guantes finos y andar pausado, intentando colmar de energía positiva cada rincón que visitan, alzándose unos a otros luego de cada caída, utilizando su arma más potente, el sonido más estruendoso del mundo: el silencio de la vivencia. Porque no hace falta proclamar por altavoces lo que impacta mucho más cuando se susurra al oído, y se siente. Aunque no les parezca a las opiniones tremendistas, son miles y miles las personas que buscan conocer sus virtudes y defectos, que se saben pequeños, pero que aún creen en el ser humano y confían en que el cambio se genera empezando por uno. Si los escuchamos, si nos contagiamos, podremos sentir que más allá de todos los males pasados, presentes y por venir, existen personas “triple I” que ponen en jaque a las visiones negativas con el argumento más medular de nuestra existencia. Son los verdaderos revolucionarios. Los que diariamente, en silencio, construyen la revolución del amor. Si eso es la inmadurez, ojalá no crezcan nunca. Si a ellos los llaman locos, ¡bienvenida la locura! Quizás estén mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos. Y tal vez sean la cura de muchas de las enfermedades que andan dando vueltas por estos tiempos. Y de ellos sí que vale la pena contagiarse. ©www.economiaparatodos.com.ar El licenciado Arturo Clariá es miembro del equipo de profesionales de la Fundación Proyecto Padres
27 de agosto de 2009
Padres y escuela: ¿Qúién educa a un maleducado? Por Sergio Sinay
Apenas asumió su cargo, en junio de 2007, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, tomó una medida audaz y, sin duda, revolucionaria. Disolvió el Ministerio de Educación y lo reemplazó por tres nuevas carteras: Escuelas, Infancia y Familia. Con esto, Brown enfrentaba viejos malos entendidos que pesan sobre la educación y discriminaba los papeles diferenciados que la escuela y la familia cumplen en la asistencia y guía de los niños. Habitualmente, cuando nos encontramos con personas mal educadas lo primero qué nos intriga es de qué hogar o de qué familia vienen. No nos preguntamos a qué escuela fueron, o qué profesores tuvieron. Tampoco consideramos a alguien “maleducado” por que no sabe leer, porque desconoce la teoría de la relatividad, suma defectuosamente, ignora cuál es la capital de Bolivia o conjuga mal los verbos. Consideramos que todas estas fallas provienen de una instrucción pobre, pero no de una mala educación. La mala educación, como solemos concebirla, describe a alguien con rudimentarias habilidades para la convivencia, para el diálogo, para el disenso respetuoso, para la aceptación de lo diferente, para el ejercicio de la empatía, de la compasión, para el registro, en fin, del otro, del semejante. En nuestro inconsciente colectivo parece anidar la idea de que la educación se genera en el lugar en el que una persona se cría. Es decir, en su hogar, con su familia (biológica o adoptiva, a estos fines es igual). Y no se trata de una percepción errada. En verdad no es función de la escuela educar, sino informar, instruir, ayudar a desarrollar habilidades, crear espacios para la convivencia en la diversidad, generar situaciones en las cuales los chicos se entrenen para la vida social. Básicamente podría decirse que esa – la socialización- es la función escolar básica. Una función que, por supuesto, gana en complejidad a medida que avanza la edad de los alumnos y no es aséptica. Se trata de socializar para una convivencia trascendente. Educación en continuado Educar, en cambio, es criar. Y criar significa nutrir emocional, afectiva y espiritualmente, crear y asegurar las condiciones para que el árbol que está, íntegro y en ciernes, en la semilla que es un hijo pueda alcanzar su desarrollo. Que la potencia se convierta en acto. Además de actos de amor (porque el amor debería ser siempre un verbo y no un sustantivo, acciones y no declaraciones), educar significa, visto así, transmitir valores a través de las conductas, enfatizar (a través de estímulos, actividades compartidas, diálogos) el valor único de la vida de ese hijo para que él se sienta querido por lo que es antes que por lo que hace. Educar es vivir de tal manera que el hijo que nos observa descubra, a través de aquello que ve al vernos, que hay un sentido en cada vida y se sienta estimulado y acompañado a explorar el de la suya. Todas estas funciones educativas no se pueden delegar. Acaso los padres puedan, en circunstancias excepcionales, suplir las funciones de la escuela. Pero la escuela jamás reemplazará a la educación que dan los que crían. Y esta educación se da por acción o por omisión. El “maleducado” asimiló que el otro no vale, se ha nutrido en el egoísmo, aprendió a valorar el tener antes que el ser, se le enseñó a través de conductas que las reglas, leyes y normas no se cumplen o se manipulan. La familia, los padres, educan siempre, aún cuando crean que no lo hacen. Y están antes que la escuela. Ordenar prioridades Entender esto ayudará a ordenar las prioridades y crear ricas complementaciones. Padres y escuela pueden formar un equipo poderoso en la nutrición de una vida. Pero no es un equipo de pares. La escuela es un auxiliar en la tarea, pero los padres (o quien cumpla esas funciones en casos especiales) son los protagonistas centrales. La escuela es el primer asistente y el más valioso. Y urge que padres y escuela se reconozcan como socios de una empresa que tiene como objetivo el más trascendente a que se puede aspirar: la contribución a la plena realización (psíquica, física, emocional, intelectual y espiritual) de una vida. Quienes educan han elegido hacerlo, quienes son padres lo han elegido también. Una doble responsabilidad se despliega alrededor de los hijos-alumnos. La de los padres reside en comprender que nadie hará por sus hijos aquello que es función paterna y materna. Cuando empiezan por cumplir estas funciones los padres encontrarán en la escuela (aun con las limitaciones y carencias actuales de esta institución) un apoyo que funciona. Cuando quieran evadirlas empezarán a encontrar pelos en la sopa escolar. Muchas veces el cuestionamiento paterno hacia la escuela es, en el fondo, el enojo porque ella no se hace cargo de lo que es responsabilidad familiar. Educadores e instructores no son adversarios, sino complementos necesarios. Escuela, familia, chicos son un trípode. Gordon Brown no descubrió algo nuevo. Sólo llamó a las cosas por su nombre.
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